Confieso que veo porno. Aunque no lo hago porque me parezca estimulante o excitante, al contrario, me parece un ejercicio tan absurdo que disfruto burlándome de esas rutinas tan ridículamente predecibles. No sé si lo elemental de las escenas es reflejo de la sencillez del guionista o, por el contrario, es fruto de la genialidad de un libretista que conoce la simplicidad mental a la que se dirige. Las conversaciones de doble sentido, en donde el sarcasmo o la ironía inteligente nunca aparecerán, son las que marcan la pauta en esas producciones, en donde los protagonistas son siempre bomberos, policías, carpinteros o plomeros, que, siempre con la misma lerda expresión, terminan teniendo un sexo bestial, para nada sugerente, y sí muy gracioso.